Cría y entrenamiento del caballo turcomano

 Durante siglos, el argamak (nombre con el que los turcomanos llamaban a su caballo de guerra)  fue criado para el combate y para la actividad principal de la tribu teké: el asalto a expediciones y caravanas extranjeras, más conocido como el -temido- alamán.  

 

Su cría y mantenimiento era muy peculiar. Cada familia poseía una, dos o tres hembras, y éstas vivían en manadas comunales sueltas en la estepa. Los machos (uno o dos máximo), vivían junto a las yurtas, o tiendas de fieltro hechas con pelo de camello donde vivían los  nómadas,  atados a estacas y cubiertos de gruesas mantas de fieltro  que los protegían de las extremas temperaturas del desierto.

 

 Como el forraje existía solamente durante tres meses al año, la dieta del argamak se  basaba en una mezcla de paja, cebada, huevos y grasa de cordero. Las raciones eran  administradas a mano.     

                                        

 Este estilo de vida basado en tan estrecho contacto y dependencia determinó una relación  muy  especial entre el caballo y su dueño, característica que se conserva en el moderno ajal-teké. 

 

 El caballo era lo más valioso de una familia, y aseguraba sus sustento. Era un miembro más del clan. Dicen los aksakales (ancianos) turkmenos : “cuando te levantes por la mañana, saluda  primero a tu padre; luego, a tu caballo”.

 

 Alexander Burns, un funcionario de la Compañía de las Indias que viajó por la zona a mediados  del siglo XIX, cuenta que “los turkmenos comparten su vida y su suerte con su montura, como  si se tratase de un camarada”.

 

 El general Ferrier escribió en 1860: “Los turcomanos jamás se aventurarían a penetrar en Persia si no poseyesen esa magnífica raza de caballos, que cuidan más que a sus esposas e  hijos. Sienten por sus monturas auténtica ternura y pasión. A sus ojos, es pecado tratarlo mal, y quién hace tal cosa será condenado al reproche por parte de toda la tribu”.

 

 Los caballos turcomanos no estaban en venta. Sobre todo aquellos que habían probado con  creces su fuerza y resistencia en los alamanes. Cuenta Ferrier que “sólo el shah de Persia y  algunos príncipes uzbecos poseen un caballo turcomano. Y no los han comprado; más bien han sido robados u obtenidos mediante argucias o sobornos a los jefes”.

 

 Como cuenta Louise Firuz, la selección del argamak era durísima: se les hacía correr cargados  de piedras y jinetes durante 20 días, cada día con más peso, y con reducción proporcional de la  ración de comida. Tras esto, se les echaba cubos de agua fría y se les dejaba atados en plena  estepa durante ocho días más. Los supervivientes eran caballos duros que podrían  transportar a su dueño durante 4 ó 5 días alimentado de un puñado de forraje cada 7 ó 8  horas, y bebiendo sólo cada 24 horas.

 

 El caballo que era particularmente apreciado para el alamán era adornado de un collar con incrustaciones de plata o turquesas. Este collar habría también adornar el caballo de una novia, siempre y cuando el novio consiguiese alcanzarla montando su caballo en una singular carrera.  Si el novio volvía con el collar en la mano, prueba de que no había conseguido alcanzar a la montura de su prometida, la boda se cancelaba. Otra razón para criar caballos  rápidos y de calidad. 

                                                               

 

 

 

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